Ante la apertura presidencial de Donald Trump, podemos decir que el mundo se estremece. No solo por la verborrea y los modos del magnate neoyorquino, sino por las “sátrapas digitales” que ha introducido en su nuevo mandato.
Si la primera presidencia de Trump (2017-2021) estuvo marcada por la alt-right y su gurú Steve Bannon, la que se acaba de inaugurar en Washington nos amenaza aún más, de mano de Elon Musk, Vivek Ramaswamy, Peter Thiel o el propio vicepresidente J.D. Vance. Todos hombres de Silicon Valley, férreos creyentes en la tecnología y lectores de Ayn Rand, la madre de la ideología libertarian. Y es que la política estadounidense ha alcanzado un punto de no retorno en el cual millonarios extravagantes formalizan la toma del poder y la decisión ejecutiva. En realidad, esta nueva oligarquía sustituye otra que hasta ahora apoyaba al expresidente Joe Biden, una gerontocracia clasista que a veces vestía con los colores de la ideología woke.
Un síntoma interesante de hasta qué punto la ideología nada importa y, por supuesto, del colapso del sistema democrático liberal que, junto al Estado de bienestar, ha firmado su sentencia de muerte. ¿Por qué? Porque ninguno de los elegidos por Trump para ocupar las carteras de la alta administración estadounidense cree en él, ni en ninguno de los sistemas clásicos que se estudiaban en teoría política: socialdemocracia, democracia cristiana, liberalismo clásico, etc. Sistemas que, por otra parte, llevaban largo tiempo en coma en Estados Unidos.
La crisis de los opiáceos y de los seguros médicos, la muerte de la clase media, las desigualdades raciales o la violencia sistémica son los resultados del letargo de un Estado casi inexistente que solo muestra su cara represora o su interés en asuntos exteriores. Los estadounidenses cada vez comprenden menos porque están abandonados, mientras consumen más bulos y propaganda generada por la ultraderecha.
Una ultraderecha que ahora —como hace 100 años lo fue en Alemania— era “revolucionaria” frente a un Estado cuyas élites se olvidaban del pueblo. Y un populismo feroz arrasó a la sociedad, provocando lo que todos ya conocemos.
La llegada de la digitalización y la aceleración de cada día
Fue a principios de este siglo cuando la digitalización llegó con fuerza: automatismos frente a personas “vagas” que ayudarían a hacer una selección natural. Y así se “democratizaron” productos que antes eran de lujo. Sin embargo, ¿a qué precio? Además de los datos que cedíamos, hacíamos lo mismo con nuestros barrios, servicios públicos, etc. No queríamos un mundo lento, sino rápido y eficiente. Y así llegaron las tecnológicas hasta la puerta de nuestra casa, aprovechándose de nuestras molestias cotidianas.
Hoy en día rige la idea de aceleración. Frente al mundo tradicional, donde el tiempo no existe o la paciencia es virtud, a nosotros nos faltan horas. Aún recuerdo el choque en mi primer viaje a Mauritania cuando tuve que enfrentarme a un exasperante tiempo infinito… Los mauritanos temían al reloj tanto como nosotros a una factura: para ellos cada segundo era oro en aquel pueblo que, aun en 2014, no tenía internet y cuyo tiempo se regía por la llamada a la oración.
Pero tanto Elon Musk como J.D. Vance —en menor medida, Trump— creen en el aceleracionismo. Esta es una doctrina filosófica promovida por el filósofo Nick Land, la cual apuesta por un poscapitalismo y el surgimiento de un nuevo ser humano. Para ello habría que “acelerar” los acontecimientos para generar inestabilidad y un colapso que provoque una revolución social. Solo ahí “el hombre nuevo” podrá reconstruir el mundo nuevo, el Novus Ordo Seclorum que mencionó con una imagen el propio Elon Musk en X hace tiempo.
El plan de una élite inmortal
El panorama es claro: figuras como Elon Musk y sus aliados contribuyen a la proliferación de desinformación sobre temas raciales y sociales, fomentan inestabilidad política y apoyan movimientos de ultraderecha en Europa. Este escenario se entrelaza con una narrativa de narcisismo exacerbado que deriva en un individualismo extremo y deshumanizador, características que alimentan el espíritu del poscapitalismo tecnológico.
Este individualismo encuentra un respaldo ideológico en las propuestas transhumanistas, que buscan transformar a un selecto grupo humano —aquellos con recursos económicos— en una nueva élite inmortal. La vejez es redefinida como una enfermedad curable, mientras se idealiza el cuerpo humano como un proyecto de mejora continua a través de tecnologías avanzadas. Empresas como Neuralink, propiedad del propio Musk, ofrecen no solo gadgets, sino también una visión de un futuro ciborg reservado para quienes puedan pagarlo.
La estrategia de Musk y sus corporaciones es construir ecosistemas tecnológicos que fomenten la dependencia perpetua de sus productos y servicios. Esta lógica va más allá del modelo de propiedad tradicional del capitalismo liberal, reemplazándolo por el alquiler y la suscripción constante. Esto no solo esclaviza a los individuos de estos ecosistemas, sino que extiende esta dependencia a los Estados. Un ejemplo evidente es la relación entre SpaceX y el gobierno de EE.UU., en la que una empresa privada se convierte en infraestructura crítica.
Lejos de representar mejoras para la humanidad, este modelo avanza hacia un tecnofeudalismo. Este sistema redefine las relaciones de poder económico y político, concentrándolas en las grandes corporaciones tecnológicas. Los principios de propiedad y autonomía individual quedan subordinados a una dependencia estructural, donde el acceso a las plataformas y servicios tecnológicos perpetúa un ciclo de subordinación. En este sentido, el poscapitalismo no es un futuro emancipador, sino un retorno a una jerarquía feudal mediada por la tecnología.
¿Se puede replicar el modelo empresa en una sociedad?
La cultura cuasiesclavista de Silicon Valley ha generado la ficción de que se puede reproducir el modelo empresa en la sociedad. Sin embargo, la gente no “elige” vivir en un ambiente corporativo idolatrando al líder supremo que una vez fue el fundador de una start-up que tuvo éxito. Las promesas de automatizar la sociedad, de hacerla dependiente de una IA, pueden volverse muy peligrosas y así, quizás, perdamos nuestro don más valioso: la creatividad.
Esto amenaza a universidades, escuelas y servicios públicos, que son tachados por gente como Musk como ineficientes. Eso mismo regulará —o terminará de destruir— el millonario sudafricano en esta legislatura.
Pero no nos engañemos: no es un asunto de organización. La enseñanza o la salud necesitan tiempo, necesitan repetición y, sobre todo, observación. Todo lo contrario a cómo funciona un algoritmo, que es puro procesamiento eficiente y, si no lo fuese, el código se reescribe.
El tecnofeudalismo es terrible, no solo para nosotros, sino para nuestro mundo, pues mientras ellos vivirán en sus búnkeres —los nuevos castillos— temerosos de que el mundo implosione, este será su espacio extractivo. Este es el último hijo de una modernidad que se asfixia, pero que sigue alzando su puño contra nosotros, pero también contra esos indígenas que no conocen ni deberían conocer un mundo esclavizado y tecnificado. Un mundo en el que todo está medido, cuantificado y susceptible de ser procesado.
Genocidios y ecocidios, como los que se dan en el Congo o en las selvas amazónicas, son el precio de este mundo que ofrecen los tecnofeudalistas. Nada vale en sí mismo, solo en su valor industrial o de explotación. Según ellos, el mundo solo significa, y, por tanto, solo vale lo que ellos dictaminan.
Por eso, el mayor peligro de esto es que Musk y los nuevos señores feudales hagan prevalecer un modelo de comprensión semiótica frente al simbólico. Aquel en el que las cosas solo tengan un sentido, en el que ya no haya interpretaciones. ¿Para qué necesitamos ley o jueces si un algoritmo puede hacer el papel de ambos? ¿Qué valor tiene un ser humano o un árbol si ya no produce o puede producir para mi empresa?
Cuando lo lógico sería volver a la naturaleza, a comprenderla, a vivirla y respetarla, nos empeñamos en controlarla y crear espacios artificiales únicamente para nuestro disfrute. ¿Se acuerdan de Mar-a-Lago, el resort de Trump en Florida, y su impacto medioambiental? Pues por ahí va el asunto…
Pero la solución no es volver a un capitalismo salvaje y cruel que nos devora como lo ha hecho en los últimos 70 años, sino recuperar la conciencia y la capacidad simbólica de cada uno de nosotros, y, sobre todo, reforjar comunidades que puedan ser autónomas y solidarias entre sí. Solo así no acabaremos trabajando como siervos ante un señor que vive en su palacio y cree que nosotros también somos suyos, aunque nos haga creer que nuestra vida es más fácil por darnos una pantalla OLED y algunos gigas de RAM.